como los monos de gibraltar

martes, 30 de agosto de 2011

lunes, 29 de agosto de 2011

viernes, 26 de agosto de 2011

miércoles, 24 de agosto de 2011

A qué huele la lefa?

Una mañana cualquiera, tras desayunar avena y un zumo de naranja, me dirigía al gimnasio, cuando al cruzar un parque de New Town algo me hizo detenerme en seco. Aspiré de nuevo un par de veces más para asegurarme de que mi nariz no me engañaba. Olía a lefa. Miré a mi alrededor buscando la procedencia (un calcetín? un señor extraviado? una fuente?) pero lo único que me rodeaba era árboles y setos. Fue entonces cuando tuve la regresión, ¿cómo podía haberme olvidado de los cuentos del Marques de Sade? La flor del castaño, como bien documenta el marqués, en determinadas épocas del año huele a semen. Un dato con el que en mis teens me gustaba escandalizar las sobremesas de mis padres cuando tenían visita, y que mi madre por alguna razón nunca encontró gracioso. Le ha servido hasta el día de hoy para ilustrar el hecho de que leer es malo. Sobre todo si se trata de libros del Marques de Sade.

En aquella época uno de mis temas favoritos de conversación era la lefa. Tenía un repertorio interminable de histéricas anécdotas sobre la materia. Una de mis favoritas era la de la clase de biología: se trataba del experimento con microscopio en el que analizas la muestra de la mucosa extraída con un palillo de la parte interior de la mejilla. Una compañera se ofreció voluntaria como donante para el experimento, pero al mirar la muestra de su mucosa alguien notó algo inusual, unas partículas que no debían estar ahí. El resto de compañeros del grupo se turnaron para mirar, debatiendo la posible procedencia de las moléculas alienígenas, hasta que el profesor se acercó y al mirar por el ocular lo vio claro: “Son espermatozoides”. Si la historia es o no verídica es lo que menos importa aquí, lo que importa es que me encantaba contarla, y cada vez que lo hacía añadía nuevos detalles imaginarios: que si la chica era la guarra del instituto, que si nunca se la había chupado a su novio, que si el novio estaba en clase en ese momento…

Recordé otra ocasión, un sábado por la noche de camino al bar con un grupo de amigos. En una callejuela del barrio del Carmen oscura y tranquila, nos inundó una nube espesa de olor a semen. Alguien dijo algo como “aj, qué peste”, pero nadie decía alto y claro de qué olor se trataba. Tratándose de nobles e hidalgos, mis amigos caballerosamente cedieron un incómodo silencio para que fuera yo quien revelara la verdadera naturaleza de aquella peste: “Huele a lefa”. Lo que fue gracioso porque en ese momento yo era la única chica del grupo.

Y ahí estaba yo, detenida en el parque repasando mentalmente todas estas estupendas anécdotas cuando recaí en lo inapropiado de estos temas hoy en día. Si en el descanso del trabajo le contara cualquiera de estas historias a mis compañeros, se escandalizarían y les parecería infantiloide o de mal gusto. O las dos cosas. Porque en el mundo de los adultos, hacer bromas sobre la lefa es como contar chistes de culos y pedorretas, es inmaduro y vulgar. Y de pronto me ví a mí misma con mi desayuno adulto, mi crema hidratante de extracto de algas marinas de adulta y mi gimnasio chic adulto del barrio chic adulto de la ciudad chic adulta. Y sentí un poco de asco y odio ¿Quién y en qué momento decidió que las bromas sobre lefa no son adecuadas? ¿Por qué no puedo intercambiar historias sobre semen con mis compañeras?
Sentí una terrible aversión hacia la sociedad y sus absurdas reglas y formalismos que me impiden reírme de las cosas que me hacen gracia, y en ese momento decidí vengarme. El mundo adulto merecía ser castigado por destrozar mi sentido del humor y dictar los temas de los que me puedo reír. No sabía ni cómo ni cuándo, pero pensé que la oportunidad se me presentaría sin necesidad de buscarla.

La semana pasada decidí darle una sorpresa a mi sobrina Sara por su 17 cumpleaños y fui a visitarla. Como es una chica tan popular, tenía la semana repleta de planes y celebraciones, pero me dijo que me uniera al acto más apto según edad y parentesco: ir al cine con sus 10 mejores amigos y su madre (mi hermana) a ver Super 8. A la proyección le seguía la visita obligada al McDonalds. Y allí estábamos cuando mi hermana decidió ir al baño a la vez que yo traía una bolsa más de patatas a la mesa. Sara dijo: “yo también quiero más patatas”, y su mejor amiga: “yo también” y el resto se sumó al unísono. Y entonces, ante mí vi la oportunidad de la venganza. ¿Qué mejor forma de vengarse de los adultos que convencer a los jóvenes, a las nuevas generaciones de que hablar de lefa es convencional? Decidí que la mejor forma de abordar el tema era hacerlo con naturalidad. Asi que dije, “Solo tengo una bolsa, así que voy a hacer un concurso: se la daré a quien diga más alto la palabra LEFA”. Intercambiaron miradas durante un par de segundos, pero en seguida todos gritaron LEFA! Al mismo tiempo que mi hermana salía del baño. Pero lo mejor fue lo siguiente, el mejor amigo de mi sobrina, encantado con el juego comenzó a decir LEFA repetidamente y con melodía, como una canción punk deconstruída: lefa lefa lefa lefa lefa lefa lefa lefa y el resto se puso a BAILAR. Qué gran momento glorioso de venganza, bailando como una enferma mental y cantando la canción de la lefa en McDonalds, aquello parecía el sketch de Spam de los Monty Python. Y las caras atónitas de los ocupantes de otras mesas, impagable.

Fue un momento inolvidable. Si bien ahora mi hermana no me deja estar a solas con mi sobrina, ella y sus amigos me adoran y todos quieren una tía como yo. Ahora solo nos queda superar los estigmas de que las chicas que hablan de lefa son unas guarras. O si no, esperen a leer los comentarios de nuestros anónimos que van a seguir este post.

martes, 23 de agosto de 2011

domingo, 21 de agosto de 2011

sábado, 20 de agosto de 2011

viernes, 19 de agosto de 2011

jueves, 18 de agosto de 2011

lunes, 15 de agosto de 2011

Minutos Musicales

Ni Rumblers, ni Rumbers, ni pollas; Bing Serrao & the Ramblers: tema instrumental del continente, pescado con curry, selvas vírgenes y ausencia de carreteras que en los setenta ya fueron inspiración para Jim Jones y su templo del Pueblo, un gran fiestorro sin vecinos alrededor donde al final acaban todos como en una de Shakespeare. El disco homónimo que contiene la canción es bastante pedorro pero por suerte sale este aire que con la alegre melodía del steel-pan y la base a cargo de ese hi-hat acompasado a la caja rezongona hace que este sea un puto tema para escuchar tomando cócteles en copa con sombrillita en loop, nunca mojito. La portada del disco y el sonido no hacen imaginar que se trata de algo nineties, sino que remiten mas bien al espíritu oldie de las cosas.


miércoles, 10 de agosto de 2011

lunes, 8 de agosto de 2011

jueves, 4 de agosto de 2011