como los monos de gibraltar

domingo, 10 de junio de 2012

Como a un santo dos pistolas: La ceja inglesa en el POP

Cejas tenemos todos. La mayoría de primates, de hecho, tienen cejas. También muchos mamíferos. España, sobre todo en tiempos pretéritos, ha sido un ecosistema para la ceja tupida, indómita y bravida. Ceja oscura, pilosa en extremo. Ceja recia. Uno examina cualquier documento gráfico de principios-mediados del siglo pasado y alucina con el paisanaje: señores con la cara pequeñita, como una medalla, cetrinos, malencarados, con el pómulo marcado por la desnutrición y con una frente en franca retirada ante el avance y conquista de una ceja hipertrofiada, hirsuta, tremenda, manierista y poco perfilada. Cejas king size, en negro sable, un motivo heráldico que nos habla de un fenotipo mediterráneo y que hermana, a unos dos centímetros por encima del ojo, a españoles, italianos, griegos, turcos y magrebíes.
La ceja, mal que les pese a estilistas, está ahí de rompeolas de la sudorina y para dar proteger de la fuerte radiación solar que castiga a los países más susceptibles de ser rescatados por el BCE. Esto, no deja de ser adaptación al medio y hasta aquí todo es comprensible. Pero, entonces, ¿por qué en la pérfida Albión, el personal tiene esas cejas de teleñeco? ¿cómo es posible que en esas frías latitudes, en esas brumas, con esas pelonas que caen, el nevazo perpetuo, el sirimiri non stop y la ausencia de sol casi endémica la población tenga esas cejas como de velcro enmarcando traidores ojos verdes y mentideiros ojos azules en lugar de, como sería menester, proteger los nuestros, los negros y acastañados, más firmes y verdadeiros?
Veamos unos ejemplos entre el mainstream musical y caricato, asumiendo que, si estos que son de morro fino, tienen perras y una cierta sensibilidad, llevan dos cepillos de raíces coronando el ojo, que no pasará con los honrados campesinos del agro británico que pugnan con la tierra helada para arrancarle tres patatas guarras y dos berzas tiesas con las que elaboran esas snuff movies que ellos llaman comida típica.


 

Morrissey. Atormentado, ambigüo, lírico, sensiblón. Una generación entera consumíamos con fervor todo lo que regurgitaba este señor. Adaptábamos nuestros mediterráneos rizos a su tupé dallesandriano y nuestros hirsutos torsos pícnicos a la camisa de flores de Zara. Los más lanzados llevaban gafota sin graduar y lirios en la mano. Eso sí, la ceja se obviaba, claro.





Biff Byford. Sí, todos los ingleses mayores de 50 años tienen cara de vieja pelleja. En efecto. Pero Byford, cantante de los sensacionales, y nunca suficientemente bien ponderados,  Saxon, parece una Baba Yaga de cuento tétrico. Cejas que parecen de mentira y que se antojan suaves y foscas, como de pelo de conejo o de chinchilla. Siempre he creído que la tendencia al legging superslim para marcar nabo era una manera de desviar la atención de su rostro.




Los hermanos Gallagher. Quizás un poco más el (más) voceras que el de la guitarrita pero esta familia es una cosa tremenda. Parecen neaderthales con parka y el pelito de Steve Marriott. Últimamente parece que su estilista les recorta la gran barrera de coral piloso que parte en dos el océano de sus frentes pero en tiempos de sus primeros discos eran como El Koala en plan macarra y quedón. Algún emigrante italiano debió arribar a Manchester y darle zapatilla a alguna tía abuela suya porque esas barbazas tan cerradas y esa ceja única de pulgada y pico no son de buen mancuniano.


Para muestra, tres botones. Pero, ahora, en los comments, os invito a citar esa miríada de ejemplos que ahora mismo os atorra. Porque no todo lo brit es Jarvis Cocker o Justine Frischman. Porque hay cuatro Mark E. Smith o cuatro Damon Albarn por cada Alex Turner ensayando para mostrar sus erizadas cejas en el NME.