Las calles de mi viejo barrio se quedan huérfanas: se ha muerto El Golden. La Colonia, ahora, es menos insalubre, cierto, pero ese tonto, que era alegre como unas campanillas de plata, aunque espeso en su (falta de) higiene, pedigüeño, trolero, fantoche y un varas ha dejado un hueco difícil de llenar. En parte porque la tasa de esquizos parece haber descendido en la barriada y en parte porque El Golden retenía líquidos.
Esta vez parece que es cierto. Digo esta vez porque ya se me avisó de su fallecimiento y años ha, trotando por el parque, a punto estuve de quedarme muñeco cuando, en un banco, 98 kilogramos de ectoplasma levantaron la mano y sentenciaron: "no corras que es de cobardes". Como dijo el otro las noticias de su muerte habían resultado exageradas y ahí estaba, con un celular Ericsson king size prendido del cinturón que nunca funcionó pero que llevaba "para ligar". Bien que me alegré, y no por empatía, pues las alternativas eran o un delirio repentino o una fantasmagórica aparición del más allá pero de las que no hacen cántaros de alfarero, como Patrick Swayze, y encima huelen mal.
