como los monos de gibraltar
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sábado, 12 de mayo de 2012

El bien más preciado es la libertad hay que defenderla con...

Hoy marcho a la guerra, madre, porque negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver y quizás nunca vuelva. Ni se le ocurra llorar, tenga orgullo de mí, mi sacrificio no es vano. Y estese atenta que igual salgo en la tele. Madre, anoche en la trinchera entre el fuego y la metralla vi al enemigo correr, la noche estaba estrellada y si caigo en la guerrilla, oh bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao, si me quieres escribir ya sabes mi paradero, anda jaleo, jaleo. Dejo aquí el que quizás sea mi último youtube a modo de testamento, testimonio sincero, retrato de mi alma y abrazo entrañable a los seres estimados.



lunes, 26 de julio de 2010

Grandes heroicidades II: Móviles

18:00 - Metro

“A ella le gusta el ¡uh!, le gusta el ¡uh!”
Priesito, con cara de funeral, está sentado al lado de un imbécil (aquí el narrador no demuestra ser muy imparcial) que, abrazado a su novia, molesta a todo el tren con su estúpido simulacro de música.
Priesito, al igual que el resto del vagón, dirige miradas levemente reprobatorias a la pareja que babosea a su lado.
Priesito cuenta el número de paradas que quedan.
De pronto, el jambo tiene el descaro de subir el volumen.
Priesito, incapaz de contener su rabia estalla con sin igual violencia verbal.

Priest: Perdona, ¿podrías utilizar cascos?
Jambo: No tengo.
Priest: Ya...
Jambo, dudando: ¿Lo apago?

Priesito hace honor a su nombre y asiente con un leve movimiento de cabeza en plan cura de pueblo mientras con beatífica sonrisa entrecierra los ojos.
El joven mira a su alrededor y apaga la música del móvil.

Priest: Gracias.

Vítores silenciosos jalean la mente de Priesito.

sábado, 24 de julio de 2010

Grandes heroicidades I: En el Cercanías

16:00 - Renfe Cercanías

Priesito regresa al hogar tras una jornada en el trabajo especialmente coñazo e intenta no dormirse leyendo La Tournée de Dios. Han pasado horas desde que se tomó el sándwich del desayuno y el hambre le atormenta.
De pronto, suben seis chavales con pintas raperas. Uno se sienta relativamente cerca suyo, otro al lado de una maciza (yo habría hecho lo mismo) y cuatro permanecen de pie al lado de la puerta.
La gente corriente no nota nada pero Priesito, con su poderosa intuición y un no-muy-largo-pero-si-suficiente historial para las gamberradas, percibe el nerviosismo de los muchachos y sabe que planean algo. Se dirige al que está más cerca de él:

Priest: Oye, no paréis el coche.
Rapero 1: ¿Eh? ¿Por qué?
Priest: Cómo que por qué (siempre hay un momento de conversación absurda al dirigirse a un desconocido). Porque no me sale de los cojones (Priesito es mucho de mencionar la genitalia).

Rapero 1 mira a sus compañeros y duda.
Priesito se pone en tensión y observa a su vez a los que están de pie, que ya se han colocado alrededor del tirador de parada de la puerta.
Priesito se pone en pie.

Rapero 1: Eh, eh, tranquilo, nos bajamos aquí.
Priest: No, aquí no, os bajáis en la parada.

Priesito avanza hacia ellos.

Rapero 1: Dejarlo, tíos, dejarlo.
Priest: No tiréis del puto asa.

El rapero más bajo (Raperín, le llamaremos) y que, por tanto, más tiene que demostrar, se pone de puntillas (¡verídico!) y tira del asa.

Rapero 1: No, no, no.
Rapero 2: Dale, dale.

Raperín continúa tirando y uno de sus lacayos tira del tirador de apertura de puertas de emergencia.
El tren comienza a detenerse pero las puertas no se abren.


Priest: Me cago en Dios, ¿eres gilipollas o qué coño te pasa?
Rapero 1: Tío, ¿que has hecho, que has hecho?
Rapero 2: Ábrelo, joder, ábrelo.

Un segundo hombre se levanta secundando a Priesito.
El tren se detiene pero la puerta continúa cerrada.
Los raperines se ponen muy nerviosos y se azuzan entre ellos.
Rapero 2 parece que se va a hacer pis.

Rapero 1: Eres gilipollas.
Hombre: Pero que hacéis (en estas situaciones son normales las preguntas redundantes).
Rapero 3: Tío, tío, tío.
Priest: Ahora qué, subnormales, ahora qué (aquí ya un poco de sobrao).

Raperín sale corriendo por el vagón y consigue abrir la puerta del otro extremo.
Se lanza fuera y detrás el resto.
Raperín y sus secuaces no tienen en cuenta que han parando el tren al lado de una cuesta de tierra.
Raperín y sus secuaces intentan subirla pero se resbalan y se caen unos encima de otros a lo croqueta.
El Cercanías vuelve a arrancar.
Raperín y sus secuaces suben la montañita cubiertos de tierra y dirigen miradas llenas de miedo al vagón.

Priesito se coloca los puños de la camisa y vuelve a su asiento. Coge el libro y se pone a leer. Algo le hace cosquillas en el labio superior; le ha crecido un fino bigote.

¡Hijos de puta!