
Un día de estos, María Dolores Montero aka Mariló Montero, va a matar a uno o dos ancianos con esos stiletto que con tan mala baba le coloca su estilista y esos looks que provocan más anginas de pecho de las que ataja con sus consejos de vida sana. Y es que no es de recibo ver un mujerón de estas hechuras: morenaza, plena, que parece que viene de rodar con Alberto Sordi, con esas medidas que no están hechas para que los yayos se desayunen viendo cacha y melenón porque se trabucan y en lugar del salvado y la manzanilla se vienen arriba, se retrotraen a su juventud plena, se creen enteros y le dan un tiento al chorizo -al de comer y al de tocar- y ya tenemos lío. Todo el personal que nuestro admirado Txumari Alfaro consiguió salvar del cáncer de próstata, el cuqui coronario, la trombosis y el alzheimer se va a ir para Triana si la dirección del programa no toma cartas en el asunto y me la tapa un poquito. De acuerdo que su sidekick, el ínclito Doctor Gutiérrez, le da un contrapunto cachondo, rondándole, echándole requiebros y miraditas al escote, que uno cree estar viendo, again, ese arquetipo del inconsciente colectivo español, el hominus landae: el bajito que polla en ristre ataca una y otra vez las murallas de una sueca, sin respiro, para, una vez entre mil, conseguir rendir la plaza por puro agotamiento. Troya hubiera caído en una quincena si en vez de aqueos hubieran asediado la ciudad 50 castellano-manchegos de picos pardos.
Ya se oyen las sirenas del Samur
La presencia del Doctor, retomo, hace que la temperatura baje un poquito y los cansados corazones de la Tercera Edad paren de bombear sangre a pollas mustias negándosela a otros órganos más vitales. Mariló se sabe deseada -menos, tal vez, por el modoso cocinero, que más que maricón parece de Acción Católica- y pisa fuerte el plató, mostrando cacha, pantorrilla de gimnasio de Pozuelo o Las Rozas, mientras desgrana la actualidad o hace cocretas, con esos rasgos más griegos que navarros, andaluza de adopción y milfona por aclamación popular.
Así no vamos a ningún sitio, Mariló. Que lo se-pas.
Nada me haría más feliz que el que te comieras mi nabo, Mariló