
Hubo una época en la que me agobiaba llevar la tarjeta de crédito con los huequitos del bajorrelieve que forman los números y mi nombre petados de cocaína. O de speed, o de mepha, da igual. Normalmente me daba cuenta justo antes de pagar, y entonces chupaba furtivamente la tarjeta, la secaba contra el pantalón y buscaba el DNI, que como es lógico y normal también estaba hecho un desastre. La cajera hacía su gesto de aprobación que confirmaba universalmente mi identidad y yo me regodeaba con el efecto que los restos de la droga producían de forma inmediata en mi lengua, con la miríada de imágenes que se agolpaban en mi mente, con el efecto Proust de los pequeños detalles.
Pero últimamente paso del tema. He decidido que esos restos ahí se queden. Y ahora, cuando pago en el opencor, sostengo la mirada de la cajera de 18 años con el pelo cardado y pintada como un coche, con esas pintadas que incitan al amor, para descubrir el proceso mental que ocurre en su cabecita, y siempre me encuentro con dos reacciones. O con una mirada rápida que va de la tarjeta a la pantalla que con tanta destreza maneja, como ofendida, nerviosa y casi violada o con una mirada tranquila, que sostiene la mía mientras sostiene la tarjeta y lee mi nombre sembrado de cocaína y me devuelve una promesa, un algo, un nosequé que me dice en voz alta y sin hablar: Soy de los tuyos. Te entiendo. No pasa nada y me gustas.
Entonces mete mis cosas y el ticket de compra en las bolsas y me devuelve la tarjeta con una sonrisa. Me despido amablemente y me piro de allí. Y en cierta manera me alegra el día.
Qué tontería.