Se celebraba un mitin de Alianza Popular en Villalba, un pequeño pueblo riojano. Iba a venir Fraga, nada menos, la cabeza visible de la Derecha española. A lo mejor venía porque él había nacido en otro pueblo llamado Villalba, y es que estas cosas son a veces así de absurdas, a lo Bienvenido Mr. Marshall.Y así fue, todo muy dispendioso. Parecía una boda, una boda grande de pueblo, con su gente vestida de domingo, con sus mesitas, sus croquetas y sus aperitivos. A rebosar. Mis hermanos se perdieron en la rapiña de kases y coca colas, porque había barra libre y nadie vigilaba demasiado bien la trastienda del acto. Yo me quedé atrás y me perdí la fiesta.
Fraga estuvo vibrante, poderoso. Unos grandes pies y una gran cabeza atronante, en contrapicado. Un Gil Robles renovado, más grande, más cabezón, más fuerte, un elefante. Bramaba y convencía, con un acento gallego que arrastraba al electorado a cada final de frase como en una marea centrípeta. Acabó el speech y bajó a confraternizar con las masas. Mis hermanos mayores seguían con su saqueo, y yo me quedé junto a mis padres. ¿Por qué irían a ese mitín? Nunca han sido de meterse en política (Franco aconsejaba: "haga como yo, no se meta en política"). Acudir a ese mitín era "significarse", como decían antes los mayores. El caso es que fueron y hasta hablaron con él, le saludaron, sonrientes todos, y hasta Fraga atendió a mi hermano bebé, le dio jamón york en la boca, me acuerdo de ese detalle. Mi madre muy emocionada, como cuando vio al Dúo Dinámico, y mi padre complacido, todavía joven, delgado y parecido a Omar Sharif, con su bigote. Hay una foto del periódico pegada en el álbum familiar, pero yo no salgo porque estaba abajo, fuera de cuadro.