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sábado, 18 de diciembre de 2010
jueves, 18 de noviembre de 2010
Por fin juntos (I)
La derecha se aproxima a la izquierda y ves como esas entidades se acercan peligrosamente, caes en la desidia de pensar que todo se va a la mierda y te rascas el ombligo al mismo tiempo que te quitas la pelusa pero a la vez piensas hay esperanzas, otro mundo es posible clama tu hemisferio solidario, y te acuerdas de tu vecino del primero que logró rehacer su vida ahora que solo está enganchado a la metadona.
Eres una paradoja viviente, de un mundo al que no perteneces, especial, te crees especial, único, irrepetible e inclonable, el propietario único y administrador parcial de su informe contenido. Te abruma el sinsentido de esta parrafada y piensas ¿qué hago aquí en pegamín con cuatro décadas?

Pero abres la ventana y todo parece mejorar, una paloma está siendo fagocitada por un gato de movimientos róboticos como salido de una peli de Bert I. Gordon.
Vives en una chabola acartonada oliendo a pobre, o te paseas elegantemente en tu Corvette mirando de soslayo a tus proletarios congéneres. Da igual, porque tu existencia carece de sentido ontológico y tus pretenciosas cuestiones no van a mutar bajo ningún caso tus propiedades organolépticas.
Te miras abajo y ves un cilindro de carne inerte, inmóvil, aunque al moverlo con sutileza se balancea pendularmente. Se te cae el pelo, o más bien está descendiendo porque tu vello corporal no conoce límites y ya empieza a unirse tu barba con el resto del cuerpo. Una hiedra humana, reflexionas. Como Sean Connery, te consuelas falsamente ¿Qué es esto te preguntas, a ti o a cualquier ser superior que quiera escucharte en medio de tu salón mirando a ese rancio anaquel heredado de tu familia falangista? Silencio. A la mierda, te respondes en reverberación, si en realidad lo que mola, lo que realmente guay es que el universo se expande y que la entropía que regula sus leyes lleva a malformaciones de un mal gusto que no te conciernen en lo más mínimo.

Pero qué cojones, por fin juntos piensas en un acto de brillantez y recuerdas ese restaurante libanés con una bandera de Brasil en el que se servían unas exquisitas caipirinhas. Por fin juntos retumba en tu cabeza como un taladro mecánico. Por fin juntos. Enciendes la radio y escuchas una de los Rolling versión chill, por fin juntos, recapacitas y ya empieza a parecerte este un planeta habitable. Enciendes la tele y Fraga juega una partida de mus con Carrillo. Por fin juntos. Te desesperas, y en un arrojadizo acto de valentía le pones nocilla a esas lentejas que te había enviado en un tupper tu madre del pueblo. La ansiedad que te había generado ese refresco hiperazucarado comienza a descender y un pensamiento analgésico ronda tu cabeza: POR FIN JUNTOS.
Eres una paradoja viviente, de un mundo al que no perteneces, especial, te crees especial, único, irrepetible e inclonable, el propietario único y administrador parcial de su informe contenido. Te abruma el sinsentido de esta parrafada y piensas ¿qué hago aquí en pegamín con cuatro décadas?

Pero abres la ventana y todo parece mejorar, una paloma está siendo fagocitada por un gato de movimientos róboticos como salido de una peli de Bert I. Gordon.
Vives en una chabola acartonada oliendo a pobre, o te paseas elegantemente en tu Corvette mirando de soslayo a tus proletarios congéneres. Da igual, porque tu existencia carece de sentido ontológico y tus pretenciosas cuestiones no van a mutar bajo ningún caso tus propiedades organolépticas.
Te miras abajo y ves un cilindro de carne inerte, inmóvil, aunque al moverlo con sutileza se balancea pendularmente. Se te cae el pelo, o más bien está descendiendo porque tu vello corporal no conoce límites y ya empieza a unirse tu barba con el resto del cuerpo. Una hiedra humana, reflexionas. Como Sean Connery, te consuelas falsamente ¿Qué es esto te preguntas, a ti o a cualquier ser superior que quiera escucharte en medio de tu salón mirando a ese rancio anaquel heredado de tu familia falangista? Silencio. A la mierda, te respondes en reverberación, si en realidad lo que mola, lo que realmente guay es que el universo se expande y que la entropía que regula sus leyes lleva a malformaciones de un mal gusto que no te conciernen en lo más mínimo.

Pero qué cojones, por fin juntos piensas en un acto de brillantez y recuerdas ese restaurante libanés con una bandera de Brasil en el que se servían unas exquisitas caipirinhas. Por fin juntos retumba en tu cabeza como un taladro mecánico. Por fin juntos. Enciendes la radio y escuchas una de los Rolling versión chill, por fin juntos, recapacitas y ya empieza a parecerte este un planeta habitable. Enciendes la tele y Fraga juega una partida de mus con Carrillo. Por fin juntos. Te desesperas, y en un arrojadizo acto de valentía le pones nocilla a esas lentejas que te había enviado en un tupper tu madre del pueblo. La ansiedad que te había generado ese refresco hiperazucarado comienza a descender y un pensamiento analgésico ronda tu cabeza: POR FIN JUNTOS.
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