como los monos de gibraltar
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miércoles, 28 de julio de 2010

Mi compañera de oficina

Mi compañera de oficina es una joven rubia cuya única finalidad es molestarme. Mirándola dudo si es una pequeña prueba que me manda Dios o un retorcido psicotécnico de largo alcance de mi empresa. En ambos casos, un ser lanzado desde instancias superiores con aviesa finalidad.

Para llevar a cabo su objetivo, esta horrible persona se vale de dos poderosas armas:
a) Su presencia, que afecta a mi vista
b) Su voz, que afecta a mi oído

¿Y cómo es ella?
Su aspecto per se no me molesta; es una chica rellenita, de grandes pechos y en general una apariencia tipo Muñeca Pepona. No es mi tipo pero eso tampoco la hace merecedora de la intensa repugnancia que me provoca.
Las cadenitas de oro de la Virgen de los Dolores, San Torcuato y er Cristo de lah Caenas en caída libre sobre su escote, reconozco que ya me ponen un poco más a la defensiva.
Su manía de tocarse la naricita, explorándola sin descanso ni disimulo no solo no ayuda si no que, lo diré claramente, me provoca un profundo asco.
¿Solo eso Priesito? ¿Una pepona religiosa que se saca los mocos basta para sacarte de tus casillas? Una posguerra te daba yo.
No, cabronazo, no, no es solo eso. Lo que verdaderamente me saca de quicio es... su voz.

¿Y en qué lugar se enamoró de ti?
A ver cómo explico una cosa tan personal y subjetiva como ésta.
Empecemos diciendo que no soporto el infantilismo en cualquiera de sus formas, ya sea a través del gusto por los peluches, por llevar politonos de bebés o de Epi y Blas, por reivindicar dibujos animados de hace 20 años en chapitas o bolsos, o por, en definitiva, comportarse como una niña de diez teniendo veintipico.
¿Es eso lo que hace ella? ¿Hablar de las Bratz con sus amigas?
No, no es lo que dice, aunque muletillas como “qué fuerte me parece” o “ay madre mía, ay madre mía” me hacen querer estampar su cabeza contra la pantalla del ordenador, restregarla y que los mega pixels de alta definición se fundan en su cerebro incapacitándola para retener la orina.
Lo que me saca de quicio, lo que hace de mí peor persona y me quita años de vida es su voz de tontita. Su voz de tontita y el tono lastimero que adopta cuando habla con alguien del trabajo. Ese tono... ese tono... ESE TONO. Arghhh.
Ese mensaje implícito gritando “jijiji, sé que me he equivocado pero soy tan adorable... ¿Me quieres? Quiéreme. Debes quererme” con un tono ligeramente más agudo de lo habitual, tan innecesario e irritante como el lloro forzado de un niño pequeño que lucha por la atención de sus padres sin darse cuenta que lo que está haciendo es unir su destino con el hospicio más cercano.

Que, además, a veces hable sola y se corrija a sí misma señalando la pantalla me resulta secundario.
Pero ese tono, ese tono...