A medio camino entre un Ozzy Osbourne (más) pasado de vueltas y el Andrés Pajares de "Drácula yeyé", David Edward Sutch encontró su hueco en la música popular, con el bonito nombre de Screaming Lord Sutch, Tercer Duque de Harrow, durante la década prodigiosa juntando dos conceptos aparentemente tan dispares, y extrañamente tan ligados, como son el horror y lo tuno. Considerado por algunos como uno de los padres del shock rock su bizarra figura se nos hace aquí digno antecedente, incluso, de cosas tan conceptualmente antagónicas como unos No me pises que llevo chanclas, unos The Horrors o los mismísimos Misfits, pasando por cualquiera de esas hiperbolizaciones que perpetran hoy en día multitud de formaciones musicales que juran bandera en lo gótico y/o sus (miles de) ramificaciones. Así pues, antes de ser, temáticamente hablando, padre de muchos hijos y padrino de muchos más, Lord Sutch aprovecha la efervescencia sesentera para aparecer en escena acompañado de su banda The Savages para escupir su simplón racaraca garajero disfrazado de Jack el Destripador -pasado por el filtro del Lon Chaney de El Fantasma de la Opera y el Drácula más belalugosiano- y asustar a señoritas con el peinado que llevaba tu madre de joven en las fotos en las que no sale tu padre.
En los felices 60's todo era jijí-jajá
David deja el noble oficio de fontanero para dedicarse, como tantas y tantas bandas británicas de la época, a asimilar y regurgitar todo el r'n'r que América (del Norte) había exportado durante los 50's, reinterpretándolo y devolviéndolo a sus creadores, en un revés sin precedentes. Él y miles de chicos pálidos de la aburrida Inglaterra, los que se criaron en la dura posguerra británica tras la II Guerra Mundial (que se lo
digan a Pete Towsend o a miembros de Pink Floyd, que no se han cansado de relatar como fue su niñez jugando en los descampados y escombreras que dejó el Blitz) que estaban a miles de kilómetros, un océano y un continente de distancia del delta del Mississipí y que no habrían visto un negro ni en pintura, se nutren de blues y rock and roll, asimilándolo y reinventándolo con un estilo y una pasión que meten miedo -uno escucha esos primeros discos de los Stones o los Yardbirds , sin ir más lejos, y alucina con la interpretación de blues tan arrastrados y tan, geográfica y culturalmente hablando, lejanos-. Seguramente, en las Islas, ya habían hecho un poco de callo con el skiffle de Lonnie Donegan (que se lo pregunten a The Quarrymen, más tarde alineados bajo su nuevo nombre, The Beatles) y con los bluesmen estadounidenses más mainstream como Howlin' Wolf o Muddy Waters. El caso es que en ese ambiente en el que se forma lo que llamarían British Invasion (de la que, curiosamente, Screaming Lord Sutch no formó parte ya que no se comió un colín en los USA) es donde la extravagante figura de nuestro Jack el Destripador se empieza a gestar.Por encima de los referentes comunes a toda esta generación de músicos (Chuck Berry, Elvis, Muddy Waters, Little Richard y demás figurones fifties), David Sutch rinde pleistesía, e impersona, sin cortarse una cala, a Screaming Jay Hawkins (hasta en el adjetivo sustantivado), ese negro loco que, antes que los Cramps, ya jugaba la baza del rock'n'horror, con una estética entre el Baron Samedi y el Príncipe de Zamunda. A la manera de éste, David desarrolla una gran querencia a las pieles de leopardo, los collares de huesos, el rollito de terror cachondo y la desatada interpretación y puesta en escena con ataúdes y maquillaje a punta de pala. Como en el show bussiness hay sitio para todos, nuestro Lord Sutch consigue epatar en esos ingenuos 60's y llama la atención de Joe Meek (otro que también tiene lo suyo), que le produce su primer single, "Til the following night", si bien Screamin Lord Sutch and The Savages no pegan el petardazo hasta 1963 con su, quizás el más famoso, tema "Jack the Ripper".
La relativa fama que les proporciona el single abre un torrente de colaboraciones con músicos que, si bien, la mayoría de ellos, no eran aún famosos, acabarían siendo unos figurones de lo suyo: Ritchie Blackmore, Keith Moon, Jimmy Page, Jeff Beck y muchos más...En una relativa buena racha, ya digo que tampoco fue nunca un bombazo, manufactura una serie de buenos singles "The Monster Man", "Drácula's Daughter", "She's falling in love with a monster man", a los que acompaña en directo de otros buenos temas como "Murder in the graveyard", "Black Hairy", "Bye bye baby" amén de una ristra de clásicos del rock'n'roll yanqui como "Good Golly Miss Molly", "The Train kept a rollin", "Roll Over Beethoven", "Great Balls of Fire", "Johnny B Good" o "Tutti Frutti". Lord Sutch está lanzadísimo y no contento con su carrera musical funda, en el año 1963, un partido político chunguísimo y necio, el "Monster Raving Looney Party" con el que intentaría entrar en el Parlamento inglés desde 1964 hasta, cágate, 1999, con estupendas propuestas en su programa electoral como hacer billetes de 99 peniques para evitar dar propina o mover las Islas Británicas hacia el sur para mejorar el clima.
Jack the Ripper
Pero antes de esto el Tercer Duque de Harrow, tal vez en fase maníaca tiene tiempo para girar, hacer el notas, grabar discos con estrellas de relumbrón e, incluso, quiero pensar que como en "The boat that rocked", funda una radio pirata, Radio Sutch, la que dicen que fue la primera radio encubierta -es 1963- que funcionaba desde un barco, el Cornucopia, si bien de una manera poco regular, reflejo tal vez, del alocado Lord Sutch, que se acaba aburriendo y se la coloca a su mánager.
Venirse, que hay porros
Se le pasa un poco el arroz, en mi opinión, y a pesar de ser un personaje muy conocido en las Islas no acaba de despegar mientras que a su alrededor toda esa cuerda de colaboradores acaban en los posters del Popular 1 y nuestro protagonista se convierte en una especie de clown que aparece y desaparece en los tabloides más amarillos dando titulares bizarros como solo una figura semejante puede generar y haciendo declaraciones tontas desde el púlpito que le proporciona su formación política bufa Y no paró aquí por falta de tesón o aburrimiento, sino por algo más definitivo: un ahorcamiento autoinducido, a los 58 años y, a tenor de las fotos, 102 kilogramos, con resultados fatales y no buscando placer sexual en la angustia anaeróbica sino empujado por un devastador transtorno bipolar, la enfermedad que es a las estrellas del rock lo que la silicosis a los mineros. Como buena noticia hay que resaltar que su hijo sigue adelante con este magnífico proyecto.