¿Ha estado alguno de ustedes implicado recientemente en algún accidente de automóvil o motocicleta con la consiguiente denuncia y retención del vehículo por parte de la Autoridad Municipal (vulgo guindillas)? Si es así, mi más sincera enhorabuena porque usted va a emprender una aventura que jamás olvidará: la retirada del vehículo del Depósito Municipal Mediodía 2 ,sito en la mismísima Zona Negativa, Las Barranquillas...
Sí, amigos. La vida es así de cabrona. Imaginen ustedes que tienen un accidente de tráfico. Imaginen que no solamente no tienen la culpa sino que, además, resultan seriamente damnificados en la colisión. Imaginen, incluso, que la persona que ha causado el siniestro revienta el alcoholímetro tras dejar su vehículo como un conocido grupo musical oriundo de Vigo. Felicidades: su vehículo (vulgo buga) será retenido por la policía (da igual que ustez sea la víctima de la película) y puesto a buen recaudo en el citado Depósito Municipal.
Pasa el tiempo y, un día, recibe en su domicilio una carta en la que se le conmina a retirar su automóvil (que ha quedado como el papel Albal del bocadillo) del misterioso Depósito Mediodía 2. Uno, con el susto en el cuerpo, después de un día de papeleos interminables y trato con Policías Municipales nostálgicos del Régimen (no del de la operación bikini, del otro), se pone en camino.
Enfila la Em-Forty con dirección a Mercamadrid y, tras perderse durante 20 minutos, paseando por parajes calcinados por el sol, llega a la Antesala del Infierno: el Hotel Diana Plus. Un Hotel en medio de la nada, rodeado de putas, como un Little Big Horn reinterpretado en clave "doschupátresfollá", en cuyos bajos hay un megaputiclub como La Teta Enrroscada. A la puerta el primer indicio desestabilizador: un Metamóvil (para los lectores oriundos de poblaciones de menos de 5000 habitantes aclarar que se trata de furgonetas donde dispensan la tan querida ,por toxicómanos y políticos, Metadona). Uno sigue hacia adelante, silbando y pensando en sus cosas cuando ve un cartelucho abollado y renegrido que nos indica que nuestro cochecito está cerca. Aquí empieza el horror.
Enseguida nos encontramos en una pista llena de baches y de mierda de procedencia ignota. Un caminucho de doble sentido que discurre paralelo a un muro que lo separa de un terraplén coronado por la vía del tren. Pronto empieza uno a cruzarse y ser adelantado por otros coches con una cierta prisa, algunos de ellos modelos que creía descatalogados o bien en manos de coleccionistas amantes del vintage de las cuatro ruedas: el R-12 ranchera, amarillo y abollao, el Opel Manta, color champán-para-todas, con una puerta en azulón y otra en blanco con manchas negras, el sufrido Renault Supercinco, etc...
De tanto en tanto vemos emerger de la polvareda una figura enjuta, misteriosa, que se nos antoja un corredor de maratón etíope (y no sólo por el chándal). Pero no, no es un etíope, ni un refugiado de Acnur: es un yonky.
Reducimos velocidad y, cuando el polvo se aposenta, vemos que no hay uno ni dos sino decenas de los yonkys más tirados y, por tanto, más encallecidos from-the-eighties. Discretamente, con un movimiento fluído de prestigitador, bajamos el seguro de las puertas con un golpecito seco de la articulación del codo (si tenemos cierre centralizado, claro....si no, exhortamos, lívidos, a nuestro acompañante que haga lo propio...si vamos solos, perdida la vergüenza, daremos un sonoro palmetazo en el chirimbolo como cuando cantamos las 20 en bastos).
Repentinamente llegamos al epicentro de la
Como les decía, esto es ya, parafraseando a Faemino y Cansado, dantesco. Se empapa uno bien porque hay que circular semiparado si no queremos llevarnos uno en el capó a la manera del emblema de Rolls Royce.
Unos metros más adelante el rally se hace más emocionante cuando la carretera se estrecha y discurre entre dos muros: el sempiterno murete con reja metálica que discurre en paralelo a la vía del Cercanías (solo Dios sabe dónde irá ese tren, tal vez a Innsmouth o algún horrendo sitio así) y, ahora sí, el muraco de hormigón armado, de 3 metros de alto y decorado en lo alto con alambre de espino del guapo, de, sí amigos, ésta vez es la buena: el Depósito Municipal. Visto de primeras más bien parece una fortaleza o una prisión yanqui. Será para contener las hordas de Muertos Vivientes, digo yo.