como los monos de gibraltar
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miércoles, 16 de diciembre de 2009

Como a un Santo dos pistolas: Especial Heavy Metal (I)

Porque la extravagancia no solo es una tarta sino una manera de vivir la vida.


Porque los cánones de belleza no siempre son tan rígidos como quisiéramos.


Porque a veces el Rock'N'Roll parece un pueblo de Extremadura.


Porque yo lo valgo.



Ronnie James Dio


El Padrino del Power Metal.
La Voz.
El Elfo del Heavy.
El puto enano.


Tan larga es la lista de epítetos que acompañan el nombre de Dio como pequeño es nuestro querido vocalista. Un escaso metro cincuenta de puritito metal coronado por una cabeza con cuatro pelos, rellena de leyendas de dragones, princesas y guerreros y dioses con mal café. Al frente, una cara como una medallita, chiquita y arrugada.


No es Sophia, de Las Chicas de Oro. Es Ronnie.


Pero la voz, amigos, ah, eso es harina de otro costal. Posiblemente una de las mejores voces del Heavy Metal Clásico, que alcanzó su cénit, para mi gusto, en el primer disco que grabó con Black Sabbath, "Heaven and Hell", en su breve período como interino en la banda seminal que más subgéneros ha parido, supliendo al loco Ozzy de una manera más que digna y siendo partícipe de uno de los mejores discos de la historia. Era 1979 y representaba una vuelta de tuerca al sonido Sabbath pero, con todo y con eso, es una cosa más que digna (cosa que no se puede decir de de "Born Again" en la que otro Dios del Panteón del Metal, Ian Guillan, que no pudo hacer nada por salvar un disco bastante malo el cuál, no en vano, se había pergeñado con la idea de que no saliera con el nombre de Black Sabbath).

Pero vosotros no queréis charlones de música. Vosotros queréis carnaza. Risotadas a costa del pobre Ronnie James. Y de eso, como de lo otro, hay....Ay.

Un llaverito vestido de elfo maricón, despechugado, con las piernecitas arqueadas, una frente despejadísima que le llega casi hasta la nuca -y que en días claros permite ver hasta Sierra Nevada-. De complemento: su herencia italiana, que, como pasó con Johnny Thunders, le supone un arduo handicap para dedicarse a lo suyo. Su estatura y estructura ósea, tan meridional, le convierten en una especie de Pequeño Dios del Rock'n'Roll, siendo benévolos, o en un pequeño macarrita que se compra los complementos en Zara Kids: botitas hechas para hollar los caminos de la Tierra Media, de la talla 36, mallas brillantes en XS, correajes y cinchas birladas al pony de su vecino, convierten a Ronnie en la antítesis de gente como Manowar, quienes, empadronados también en la Era Hyboria, seguramente, si les dejaran, serían capaces de encadenar a Dio al pomo de su silla de montar o llevarlo en una mochila, como pasaba con el maestro Yoda en El Imperio Contraataca. Con un gepeto de abuela siciliana, una desnutrición más que evidente, y una encía en franca retirada, Ronnie gusta, en la intimidad del hogar, de jugar con espadones, portar candelabros y sentarse en una mesa de madera maciza a la manera un pequeño Rey Arturo, rodeado de sus jóvenes músicos, como un minúsculo primus inter pares.



No es Mel Brooks con peluca. Es RJ.



Cuenta nuestro frontman, en el documental de Sam Dunn, "Metal: a headbanger's journey" que el gesto de los cuernecitos lo popularizó él, en el ámbito metalero, influído por su abuela, una mamma italiana de luto perpetuo, la cuál, cuando él era (más) pequeño, hacía el gesto de marras para ahuyentar el mal de ojo. Ronnie, amante del rito y la tramoya, recuperó, años después lo que, después del gesto de follar, el de beber y el del dinerito, puede ser una de las expresiones gestuales más universales y más recurrentes de la parroquia del metal pesado. Ahora, cuando veáis a los jebis de vuestro barrio tratad de explicarles que lo que ellos creen que es una invocación al Señor de las Tinieblas y el saludo universal a sus ídolos, es, en realidad, la superstición de una vieja italiana que creía ver el mal rollo en las miradas que le echaba la peluquera del barrio.



No es Felipe González disfrazado de rockabilley sino un jovencísimo Dio con los Prophets