A mí todo esto de Al Qaeda y el terrorismo y tal me da que pensar. A lo mejor soy un poquito paranoico, puede ser, puede ser, pero me parece raro que unas personas tan malas que tienen tantas ganas de matar no lo hagan más y más a menudo.
Se supone que estos terroristas son personas que sólo viven para el mal y para matar infieles, y que sólo la competente acción internacional y policial les frustra en sus objetivos. Pero no sé, porque a mí siempre me ha parecido que matar es muy fácil. O sea, yo ahora me asomo por la ventana y tengo abajo ahí en el banquito a unos chavales, que están de verdad ahora, ahí mismito, así como reposando el verano. Pues nada, si yo quisiera ahora mismo lanzaba una jardinera por la ventana y les abría la cabeza. Que da miedito pensarlo, ¿eh?, lo fácil que es hacer el mal. Me ha venido la idea y con ella un escalofrío, como una cosa así de repeluzno y de vértigo del libre albedrío. Un segundo de locura o de mala uva y pum, dos muertos.
O sea, que estaríamos indefensos ante la verdadera intención homicida. Y que no haría falta tanta tecnología, ni aviones, ni pistolas, ni infraestructuras, ni aparatos logísticos ni nada de nada. Sólo unos cuantos musulmanes con sed de cruzada, asomados a un balcón, que dejaran caer un geranio. Así de sencillo, así de tonto. Un montón de moros malos coordinados para lanzar tiestos por la ventana tal día y tal hora. Sería una noticia de alcance y digna de verse. Pero claro, una cosa así dejaría a la gente muy loca, confusa y con disonancias cognoscitivas graves, y ya nadie creería en el Orden ni en la Ley, ni siquiera en la Selección Española.
Así que seguirán los miedos a las bombas, seguirán los penitentes descalzos de los aeropuertos y aquí paz y después gloria.