Pero entonces, ¿qué separa al Red Bar del resto de abrevadores donde suelo cenar antes de salir por Malasaña? ¿Son sus extraños sillones aterciopelados? ¿Los múltiples espejos que hay en sus paredes? ¿O quizás se trate de los grasientos juegos de mesa que ponen a disposición del cliente? Ninguna de las anteriores.
Lo que le hace único es la curiosa personalidad de sus propietarios; un, supongo, matrimonio y su, supongo, hija.
El padre es bastante crack y aunque a veces parece que te está vacilando es un tío muy majo. Tiene el gesto y los andares de quien lleva años pasando de todo, de quien está ahí pero pero podría estar en cualquier otra parte que lo mismo daría. Hace unos años debió pasar por una etapa complicada porque ponía una y otra vez Sultans of swing. Ojo, no el disco, LA CANCIÓN. Joder, esos fueron tiempo duros.
La madre, que ahora dudo si tiene el pelo completamente blanco o es una mezcla entre rubio y cano, tiene pinta de ser también bastante peculiar pero la he tratado poco .
La que resplandece con luz propia es la hija. Como calculo fatal la edad no sabría decir qué años tiene, aunque echando cuentas deberían ser mínimo 17 porque yo la recuerdo sirviendo desde hace al menos 7 años, cuando andaba muy presumida de la barra a la cocina y de la cocina a la barra pasando entre los sillones y controlando por los espejos si la gente la miraba. Ella, que siempre ha sido muy salada (o, en palabras de algún conocido, un poco pesada) se paraba en las mesas y para cuando te querías dar cuenta ya se había introducido en tu conversación con una mezcla de picardía y vacile totalmente sacado del padre.
Una familia muy curiosa.